No nacido
En una noche fría de invierno, sentado
frente a la ventana viendo la copiosa lluvia caer he recordado las muchas cosas
que me han pasado y que las puedo resumir diciendo:
Soy no nacido mi caballo y yo
Cuál fue mi mejor amigo
le dispare a quien vi
y maté a quien no vi
Cuál mató a uno
y tres mataron a Cuál
comí carne bendita
hecha con letra sagrada
pobre fui y ahora noble soy.
Amaneció en aquel pueblo olvidado por
Dios, allá donde el viento se devuelve y en una casucha que casi se caía a
pedazos, sin puertas, ni ventanas que detuvieran aquellos remolinos de viento
que a veces se formaban al mediodía, una madre gritaba desesperada, las vecinas
corrían hacía todos lados nerviosas, sin rumbo, como una manada de perdices
cuando alzan raudo vuelo si algo las asusta.
De pronto la comadrona dijo: Se muere la
pobre Susanita y aún no ha parido, puso en la boca de la madre moribunda un
pedazo de palosanto para que lo mordiera, mientras ella con un cuchillo abría
el vientre de Susanita para sacarme a mí. Por eso soy no nacido.
Crecí en esa vieja casa pasando muchas
penurias, hambre, soledad y sobre todo mucha tristeza, Doña Isabel que Dios
tenga en su santa gloría se encargó de mí desde el día que nací, jamás podré
pagarle tanto cariño y tanta bondad, ojalá que Dios se lo tenga en cuenta.
Un día cuando la tarde moría y sobre las
montañas se podía divisar el cielo de los araguatos, mi vecino Don Anselmo, me
regaló una hermosa yegua: era blanca como la nieve, rápida como el viento y con
un paso casi marcial, fue el primer regalo que persona alguna me hubiera dado,
pero de repente mi corcel cayó enferma, corrí y corrí desesperadamente con
lágrimas en mis ojos y le avisé a mi vecino quien de inmediato vino y al verla
me dijo: tu yegua está preñada y no puede parir, tendré que sacrificarla y
sacarle rápidamente la cría. Mi caballito fue no nacido.
Pasaron los años y un día decidí ir de
cacería con mi mejor amigo, mi perro fiel “Cuál” ¡así lo llamé! porque muchas
veces me pregunté a mi mismo ¿ Y cuál nombre le pongo, ¿ cuál? pero ¿cuál ? y
así se quedó. “Cuál”.
Caminé y caminé adentrándome cada vez más
en la montaña y de repente a lo lejos divisé un venado grandísimo, estaba
echado debajo de un caña fístula muy frondoso protegiéndose del sol inclemente
de esa tarde de verano, me le acerqué cuidadosamente, le apunté con mi escopeta
morocha, lo medí de arriba abajo y ¡pum!, resonó ese cañonazo, los loros y los
pericos se alborotaron; corrí rápidamente a buscar mi trofeo y cual sería mi
sorpresa. Le disparé a quien vi y maté a quien no vi. Un pobre cazador que
aspiraba la misma presa que yo fue objeto de mi certero disparo.
De pronto vi a Cuál saltando sobre los
arbustos y ramas caídas, iba en persecución de una nueva presa, me apresuré
para darle alcance, pero cuando lo logré, era demasiado tarde, lo que Cuál
perseguía era un conejo intoxicado con vallas venenosas. Cuál mató a uno; como
yo a aquel desdichado cazador.
Tres zamuros se apiñaron sobre el cadáver
del conejo contaminado y murieron a causa del veneno mortal de las vallas del
campo.
De pronto vi a Cuál tambaleándose de un
lado a otro sin rumbo fijo… Cuál en mi
ausencia había jugado con los tres zamuros moribundos, mordiéndolos y murió
también… Tres mataron a Cuál.
Sepulté los restos de mi mejor amigo Cuál
y de mis ojos brotaron amargas lágrimas de dolor, había perdido a mi más
querido compañero, a mi guardián inseparable, a mi única compañía.
Me retiré de aquel lugar de dolor y decidí
volver a casa con los ojos aguados como los morrocoyes cuando comen jobo.
Cuando iba por el camino me encontré un
viejo monasterio llamé a la puerta y nadie abrió, decidí entrar a pedir un poco
de comida y sobre la mesa encontré un pedazo de carne la tomé y me alejé de
aquel lugar, pasado un rato llegó la noche y decidí descansar para continuar al
siguiente día mi jornada, quise hacer una fogata pero la leña verde no encendía
por lo que tuve que prender el fuego con una biblia que había encontrado
también sobre la mesa de aquel monasterio y allí cociné la carne. Comí carne
bendita hecha con letra sagrada.
Al día siguiente me despertaron unos
gritos desesperados llenos de dolor, fui rápidamente al lugar de donde
provenían y encontré a una linda princesa de nombre Beatriz, quien se
encontraba herida en el suelo, al parecer su caballo le había arrojado al suave
pasto, tras haberle asustado una enorme serpiente de cascabel que cruzaba el
camino, le ayudé a ponerse de pie y le conduje a su castillo donde su padre el
rey en agradecimiento a mi buena acción me nombró príncipe y viví allí feliz
para siempre. Pobre fui y ahora noble soy…